Algunas reflexiones sobre la subjetividad política, individual y colectiva, luego de la aprobación del Proyecto megaminero San Jorge

Son muchas las maneras en las que ha impactado la Inteligencia Artificial en nuestra subjetividad política. Tendemos a relacionar IA con chats generativos, pero en realidad se trata más de modelos de aprendizaje, la información con la que se entrenan, las clasificaciones que realizan y los productos que entregan a modo de predicciones. En una vuelta al inductivismo más clásico y añejo, a raíz de muchas (no importa qué tantas) observaciones, se estipulan leyes universales y así, frente a cada nueva observación, se encasillan los resultados en el marco de esa ley universal. Los que venimos del palo de las Ciencias Sociales, sabemos que a fuerza de no resistir las contradicciones, este método no resultó efectivo para explicar o predecir fenómenos sociales y humanos. No representa un problema mayor para las ciencias duras, pero para la complejidad de lo social, sencillamente es inviable en la mayoría de los casos. Y estos modelos de aprendizaje, que se entrenan y “aprenden” con lógicas matemáticas y estadísticas, están presentes en nuestra vida cotidiana, desde que amanecemos hasta terminar el día, en varios dispositivos y objetos en simultáneo, hace al menos 12 años.

Una presencia de más-menos 12 años, diseñada para desatar procesos hormonales complejos, para que, poco a poco, comenzáramos a responder a estímulos emocionales básicos en búsqueda de una nueva recompensa dopamínica. Una fuente de información dudosa, un espejo que nos devuelve la porción del mundo que elegimos ver, que todo el tiempo se congracia con nuestros sesgos cognitivos para confirmarnos grositud y sensación de estar del lado correcto, un amplificador de las desgracias de turno, y sobre todo una tecnología (en su sentido más estricto; herramienta y conjunto de técnicas para gestionar mejor cierto asunto específico) que opera en tiempo real todo el día, todos los días, sin pasado, sin futuro, en presente absolutista. Desde luego, yo no me siento inmune ¿Alguien podría?

El tiempo y la subjetividad política

Tener la mente en modo/tiempo presente absolutista es de las cualidades más destacadas de la ansiedad. Perdés perspectiva, no te acordás de que ayer pudiste, que contás con ciertas herramientas, que no sos tan importante de manera aislada, que el problema presente no es tan enorme como aparenta ser, y que nada es tan de vida o muerte sino más bien un proceso en construcción permanente. En términos políticos, perder la perspectiva, perder de vista el pasado y el futuro, nos quita algo vital; poder de acción orientada. Lo político es el conflicto siempre presente en toda dinámica social, la política es la acción que diseñamos y llevamos a cabo con la mente en el futuro. Cuando todo se vuelve coyuntura sin perspectiva, nos quedamos sin escenario. Y peor aún, nos auto-limitamos las chances de poder dominar la coyuntura. Porque siempre tiende a ganar el que da la primera piña. Si nos dejamos ubicar sólo en tiempo presente, si dejamos que nos achaten el tiempo, si no resistimos y disputamos en nosotros mismos primero, y luego colectivamente, el uso y la percepción del tiempo, corremos el riesgo de ser reactivos y no pro-activos ante los enormes desafíos que tenemos por delante.

La lógica algorítmica/IA y la acción política

Tampoco se llevan bien. A raíz de los años en que investigo la cuestión, y de la enorme evidencia empírica que todos los días recibo y percibo, puedo afirmar que la IA y sus lógicas están diseñadas estratégicamente para desactivar la acción política. En primer lugar, al estar diseñadas para afirmar, rehuyen de todo tipo de conflicto. Si nada es problemático, o si la técnica está empeñada en ser pura -aparente- positividad, mejora continua, celebración acrítica y enlace directo a niveles de eficiencia nunca vistos, la política pasa a ser innecesaria. Ya no habría que lidiar con la molestia de transformar el conflicto en un futuro más incluyente y digno, no habría que pensar en redistribución de recursos y poder, estaría todo cocinado y servido por el método que recibe la millonada de datos, los clasifica y en tiempo real te dice la mejor (?) forma de accionar. El objetivo es reemplazar la política por la certeza algorítmica. Y se sirven de todo el conjunto de herramientas dotadas de IA para convencer y persuadir, o para desalentar y corregir intentos de acciones futuras.

Las reformas estatales en sociedad con Google

Una sociedad en total simetría de poder y recursos, no ¿Qué podría salir mal? El 1 de diciembre Milei inauguró la semana de la IA en Argentina. Anunció las intenciones de aprovechar las condiciones climáticas y los bienes ambientales comunes de la patagonia para la instalación de un gran Hub Tecnológico, aseguró que será sin ningún tipo de regulación, porque es una aberración limitar la conducta de los genios e innovadores, y reafirmó su intención de “modernizar” el Estado a través de un contrato con Google para incorporar IA a los procesos administrativos de lo común. Vino a destruir el Estado desde adentro, esa es su voluntad, y lo hará en articulación con la oligarquía global. Será sin soberanía y sin regulación alguna. Porque es un empleado más, y su trabajo es el de garantizar que EEUU tenga la hegemonía del poder global en materia de IA. Y desde luego que puede ser una herramienta que ayude en ciertos procesos, no se trata de eso; sino de que nuestra burocracia también podría beneficiarse mucho del fin de la cooptación político partidaria, de alguna que otra política de Estado que garantice sostenibilidad en los modelos administrativos que se implementan, y un largo etcétera que no es el lugar de discutir. Lo que si me interesa seguir señalando, es la estrategia deliberada de anulación de lo político (conflicto) y la política (en su costado instituyente, como acción, y en su costado instituído, como Estado)

La soledad y el riesgo totalitario

El desarrollo a escala global de la lógica algorítmica y la IA, precisa de nuestra soledad. La estimula sin descanso, mientras vende el humo de la conexión con todo y todos no importa tiempo ni lugar. Esa presencia infinita termina por ser ausencia. De lo real, del tocarnos, olernos, percibirnos más allá de los dos sentidos de la industria; vista y oído. Reduce nuestra enorme capacidad sensitiva, y lo mucho que se pone en juego en nuestros vínculos gracias a ella, y en una jerarquización forzada del tipo de contacto, prefiere que nos mantengamos en virtual. Asisto con tristeza a todo lo que me ha roto la lógica digital en términos de habilidades sociales. Ya no sé como entablar una conversación con una persona desconocida, me cuesta cada vez más salir de casa, lo superficial de los vínculos de nuestra época me abruma y des-incentiva a participar de muchos espacios sociales. También me aborda una profunda nostalgia por los espacios públicos en los que supe co-construir comunidad. Poco y nada de lo virtual me brinda sensación de pertenencia. Es como si hubiera un prejuicio motivado por la desconfianza, de saber de antemano qué tipo de contacto tiene potencial de ser real y cuál no. Lo que, por supuesto, alimenta la desconexión. Y, de nuevo, no me siento en absoluto especial, sé que soy producto de dinámicas sociales y de poder del momento que me toca vivir, por lo que estoy segura de que a muchas y muchos les pasan cosas similares. La industria IA, que no hubiera podido desarrollarse sin las más de cuatro décadas de neoliberalismo y la destrucción de nuestras condiciones de vida que trajo aparejadas, se asienta sobre aquellas ideas de que no existe lo social, de que el de lado es competidor, que hay que salvarse individualmente, y que siempre mejor desconfiar. Y se las ingeniaron para meternos en la paradoja de que en el plano de lo real seamos más desconfiados y distantes que nunca, pero que estemos conectados mejor que nunca mediante lo digital.

Sin conexión real, con la sensibilidad anestesiada, en tiempo presente absolutista, sin escenario para la acción política, con la eliminación del conflicto/lo político, nos homogenizan de manera forzosa. Hace bastante tiempo más del que me gustaría, estoy obsesionada con la obra de Hannah Arendt en general, y con sus aportes sobre los totalitarismos en particular. En el escenario del fascismo que le tocó transitar y padecer, descubrió que el hombre de masas fue el componente imprescindible para el surgimiento de los nacionalismos. La singularidad de aquellos no era relevante, eran importantes solo como un numero más que conforma masa. La soledad derivada de ser un número más, sumada a la destrucción de la vida pública/política, fue para Arendt el origen y la base de los totalitarismos. Hoy es esta nueva industria que se autodefine revolucionaria e innovadora la que nos objetiviza bajo forma de dato, nos aísla, nos aparta de la vida política y nos arrebata el conflicto como motor de las acciones por venir.

La calle, siempre la calle

Son muchos días los que llevamos poniendo el cuerpo en la calle para intentar contrarrestar la suma del poder público de Cornejo y los suyos (que ya no se cuentan solo entre los de su espacio partidario), y seguramente serán muchos más. Los celebro profundamente, porque motivan y permiten reconectar con nuestra propia potencia y la potencia colectiva. En verdad uno llega a sentir de que podemos ser artífices de nuevos milagros. Sin embargo, desde ayer 9 de diciembre, con la aprobación del senado provincial y, sobretodo, con el enorme despliegue policial (incluidos los infiltrados de siempre) sin represión, entendí que quizás no vamos a poder lograrlo de la misma manera que en 2019. Lo transito con frustración y enojo, porque ninguna de las categorías, acciones, sentires que me parecen valiosos y han sabido ser efectivos, hoy lo son. Al menos no sin darles unas vueltas de tuerca. Y a nuestra apropiación del espacio y la calle, creo humildemente que nos está faltando darle estrategia. Ante el desgaste por el que apuesta el gobierno provincial, creo que un repliegue nos podría ser de utilidad. Volviendo sobre lo del tiempo y lo de la acción política necesariamente futura, y reconociendo que hace tiempo ya que no logramos construir narrativas que sinteticen las múltiples motivaciones e intereses que tienen las miles de personas que copan la calle día a día (honestamente, no creo que a todas las motive la defensa del agua), pienso que parar para reorganizarnos sin dudas puede sernos mucho más beneficioso que la derrota moral que puede llegar por desgaste.

Tomar perspectiva nos puede servir, siempre sirve. Queda bastante camino antes de que San Jorge empiece con la explotación, somos muchos, tenemos muchas herramientas, podemos dominar los acontecimientos a mediano plazo más que la coyuntura inmediata. Hay que inventar las maneras en las que podamos seguir juntos, en cuerpo presente, con respeto por los tiempos lógicos de un proceso, y con la humildad necesaria para que los aportes y permanencias puedan ser multi-sectoriales y disciplinares. Como ya dije, transito con fastidio no encontrar la manera o narrativa correctas, pero con mucha esperanza en que con las herramientas adecuadas (tiempo, perspectiva, tenacidad, pluralidad) es mucho más probable que las encontremos.

También, hay que desarrollar voluntad de poder a como de lugar. Que Cornejo no haya reprimido es una demostración brutal de que no nos ven como amenaza, no vislumbran nuestro eventual poder de daño. Porque estemos claros, las especulaciones a mediano y largo plazo que tienen que ver con que nadie más los votará o con algún tipo de riesgo para sus carreras políticas o intereses particulares, les importa poco. Tienen la espalda de la herramienta digital y la amnesia de una parte importante del electorado. Hace días cuando escuché a Mercedes Rus indicar que las y los manifestantes estaban “autorizados” para reclamar en Plaza Independencia, me reí con ganas. Pensé, el tupé! Nos vas a decir dónde tenemos que manifestar? Grande fue mi sorpresa luego. Y aunque siempre he respetado los procesos asamblearios, y seguiré estando donde se decida estar, no puedo dejar de pensar en cuándo fue que nos volvimos tan obedientes colectivamente. Tengo intuiciones. También razones, y las entiendo. Hay colectivos que siempre cargan con las multas, y no queremos poner en riesgo a ninguno de los nuestros. Quisiera que el poder fuera otra cosa más que lograr que otro haga mi voluntad, incluso contra su resistencia y pudiendo usar la fuerza para lograrlo. Confío en la potencia colectiva para redefinirlo y encontrar nuevas formas para su ejercicio. Pero por ahora, es lo que es. Y siento que perdemos por aferrarnos -o ponderar quizás sería una mejor palabra- a cierto lugar moral. Me enternece nuestra poesía, me enorgullece nuestra ética y me emociona nuestra estética. Ver varones cuidar, alimentar y sostener colectivos incrementa la motivación y el compromiso. Pero siento que no alcanza. Hace falta poder, poder para poder. El mismo que hemos de vencer.

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